¡Vaya año! Tantas cosas que agradecer, tantas lecciones aprendidas y una pérdida que me deja el corazón adolorido.
Al hacer un recuento y reflexionar sobre todo lo vivido en el 2025, la primera mitad del año se sintió “normal”. Viajé a Toronto en pleno invierno con mi amiga Laura, la de Irlanda, y lo disfruté como niña. Me aventuré a registrar y promover mi habitación de visitas en Airbnb; conocí gente súper interesante y hasta hice un amigo. Me inscribí como voluntaria en el TMC (Tucson Medical Center), lo que me llevó a matricularme en el Pima Community College para obtener una certificación como Coach en Salud y Bienestar. Viajé a San Diego y luego a San Luis Obispo para una aventura en RV con motivo de un paseo ciclista. Y hasta tramité mi ciudadanía estadounidense.
Todo dentro de lo “normal” para mi estilo de vida: aventuras, decisiones un poco locas y atrabancadas, pero normales al fin y al cabo.
Si leíste mis blogs anteriores, tal vez recuerdes que en junio, en el trabajo, me pidieron apoyar a un departamento distinto al mío, con actividades que tuve que aprender y ejecutar de inmediato. A partir de ese momento, las cosas dejaron de sentirse “normales”. Aunque el acuerdo era apoyar durante el 80–90% de mi tiempo y dedicar el resto a mis funciones habituales, no fue así. Al menos desde mi perspectiva —y desde mi cansancio mental y físico—, estaba al 100% en un puesto y al menos al 50% en el otro.
A eso se sumaban mis clases y tareas para la certificación, además de las señales de que Coco, mi perro, se estaba deteriorando a una velocidad que no esperaba. Sentía que mi vida ya no era mía.
Aun con todo ese estrés y esa “anormalidad”, en agosto tuve la ceremonia de ciudadanía y pude pasar un fin de semana en Mt. Lemmon con el propósito de reflexionar, agradecer y asimilar todos los cambios de vida que estaba atravesando.
Y aun así, me sentía atrapada. Amarrada. Estancada, y no sé bien por qué. Mi alma buscaba libertad y, honestamente, necesitaba aunque fuera una pizca de control. Quería sentirme dueña de mi tiempo, de mi vida.
Me inscribí a un par de carreras de 5 km (TMC en septiembre y Garmin en noviembre). Viajé a San Diego en octubre para un paseo ciclista con el que inauguramos el nuevo nombre e imagen de mi grupo de amigos ciclistas. Pero seguía con esa necesidad de cumplir una meta, la que fuera. Incluso me certifiqué como instructora de Zumba… ¡cuando ni siquiera me gusta la Zumba!
Decidí agarrar al toro por los cuernos.
Al revisar mi calendario, fue a partir de septiembre cuando decidí tomar el timón de mi existencia y navegar mi vida bajo mis propios términos. Reconocí que ni la empresa ni mis jefes eran responsables de mi salud física, mental y emocional. Así que, como quizá ya leíste en otras entradas de mi blog, empecé a ser más constante con el ejercicio físico. Aproveché mejor mi hora de comida —sin culpa— tomándome unos minutos extra para ducharme después de entrenar fuerza o cardio. También comencé a meditar al menos cinco o diez minutos antes de empezar a trabajar.
Como parte de esa decisión de hacerme responsable de mejorar mi vida en general, busqué opciones para relacionarme con otros humanos, en persona. No me malinterpretes: amo mi independencia, amo trabajar desde casa y amo mi soledad y la serenidad de mi hogar. Pero reconocí que no había hecho un esfuerzo real por construir una red de amistades —o al menos de conocidos— en Tucson.
Exploré un estudio de Barré y uno de Yoga. Pensaba probar Pilates, pero el Yoga me atrapó. Disfruté tanto esa primera clase de Yoga Caliente que compré un paquete de clases que ahora disfruto al máximo cada semana. La dueña del estudio sabe mi nombre, las instructoras son geniales… y sí, soy parte de esa comunidad. Y se siente increíble.
Luego llegó diciembre.
Coco se deterioraba cada vez más. Lo llevé al veterinario y confirmaron mis sospechas: demencia senil y el inicio de una falla renal. Era desolador verlo caminar por la casa, confundido y sin rumbo. Me despertaba en medio de la noche porque estaba atrapado debajo de la cama y no sabía cómo salir. El miedo en sus ojitos era evidente; no entendía qué pasaba y, a veces, ni siquiera me dejaba tocarlo.
Las visitas a la peluquería se convirtieron en torturas para él. Al ser parte Caniche francés (French Poodle), no podía dejar de llevarlo a que le cortaran el pelo cada cinco o seis semanas, pero cada vez sus ataques de ansiedad eran peores.
Decidí dejarlo descansar.
No pude hacerlo sola. Fui a México para estar con mi familia. El 28 de diciembre de 2025, Coco se convirtió en un angelito en el cielo.
Sé que hice lo correcto. Sé que dejó el plano terrenal con dignidad y rodeado de amor. Sé que vivió una vida larga y feliz. Fueron quince años de Coco como parte de mi familia, y los últimos cuatro fue mi única familia en San Diego y Tucson.
Aun así, mi corazón se queda tan adolorido que no sé cuánto tiempo me tomará dejar de llorar cada vez que pienso en él o hablo de él. Pero lo honro y le agradezco todo lo que me enseñó.
Coco me enseñó a ver la vida con curiosidad y sin miedo. A emocionarme como niña con las cosas que me gustan. A disfrutar cada instante, a correr, brincar y amar como si fuera la última vez. Aunque no pueda ver bien, aunque no pueda saltar alto, aunque no pueda correr como antes… la vida es una y hay que disfrutarla. Así era Coco.
El 2025 fue diferente: intenso, pesado, difícil. Pero las lecciones se quedan para enfrentar lo que venga en el 2026. Hablé con mis jefes y les compartí cómo esos seis meses impactaron mi salud física y mental. Apreciaron mi retroalimentación y acordamos que, si algo similar vuelve a ocurrir, lo manejaremos de otra manera.
Tomé un descanso de la escuela este semestre y prioricé mi salud física, mental, emocional y espiritual. Sigo procesando el duelo por Coco y me estoy dando el tiempo que necesito para recuperarme, sin prisas y sin culpas.
Para honrarlo, estoy practicando lo que me enseñó. Te invito a que sigamos su ejemplo. Seamos felices, agradecidos, curiosos y valientes, aunque ya no podamos ver, correr o brincar como antes. Emociónate como niño con lo que te gusta. Sé bondadoso. Ama, abraza, besa y apapacha como si fuera la última vez.
Seamos como Coco, mi niño peludo: con un pasado desconocido, pero con una vida feliz y plena, llena de amor y diversión.
Mil gracias a mi hermana por acompañarme y por llorar conmigo. ¡Te amo!
Mil gracias a mi hermano por la composición de esta canción especialmente para Coco: Little Stranger
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